Siete consideraciones clarificadoras sobre Astrología. Teoría del conocimiento -----

Expuesto en el 27 Congreso Ibérico de Astrología, Estoril-2010

Luis Sánchez

0. Quien conoce la carretera pero no el coche que conduce, corre el riesgo de salirse de la carretera y no poder salir del coche. Imagina, ahora, una rueda que gira delante de ti y te muestra cinco cartas. Tú eliges. Puedes escoger una, dos..., todas, o ninguna, sólo que la elección no será voluntaria (dependerá de lo que te hayas trabajado el contenido de cada carta). Pero ten paciencia, porque la rueda te dará, más adelante, una nueva oportunidad: la libertad sigue un orden: es hora de estudiar, es hora de salir, es hora de comer, es hora de dormir..., hay un tiempo para cada cosa. Pasamos rachas (racha también significa ráfaga de viento), que están ligadas con los ciclos celestes. Pasan los días; pero los ritmos permanecen.

Ésta es una secuencia simplificada de cómo funciona la Astrología. Y simplificando también, diremos que la Astrología es una mitología (narraciones con arquetipos) que busca personalizarse (hablar a cada individuo) a través de la renovación del tiempo (desarrollo evolutivo). Fijémonos, por ejemplo, que incluso Zeus es hijo de Cronos (un titán, anterior a los dioses). Toda mitología (prosopopeya) es transpersonal.

1. La Astrología no se ocupa del futuro (lo ignoto, el caos, el azar), sino del porvenir (lo que vendrá, un tiempo lleno de continuidad): el tiempo, en una de sus dimensiones, es cíclico (órbitas: macrocosmos; y orbitales: microcosmos). Además, la única manera de ver cómo te van a ir las cosas es mirando atrás (levantando la carta natal, que prefigura) y mirando el presente (los tránsitos, etcétera). La Astrología, pues, se ocupa no sólo de lo que está por venir, sino de lo que ya vino (un pasado proyectivo). Tienes tantos años -tiempo de vida- como vueltas has dado alrededor del Sol. Es el tiempo el que nos une con el universo: 1h temporal equivale a 15º de arco; cada dos horas, se levanta un signo y el hombre aspira 2160 veces, que es el número de años de una Era precesional; en 24h se levantan los doce signos y el hombre aspira 25.920 veces, que es el número de años que tarda el Sol en recorrer todo el zodíaco en la precesión de los equinoccios (Año Grande); 72 años del Año Grande corresponden a un grado de precesión (25.920:360=72), cada 4 minutos se levanta un grado del zodíaco por la rotación de la Tierra, y cada 4 minutos, también, el hombre aspira 4x18=72 veces, que es el número normal de latidos del corazón...

2. La Astrología no es una ciencia (racionalidad), sino un saber, una disciplina. Y como tal saber se compone de dos partes: una, científica (la Astronomía) y otra, dialógica (la Hermenéutica participativa). Y es esta última, precisamente, la que convierte a la Astrología en una disciplina aproximativa, tanto en el proceso (requiere la colaboración del consultante) como en el resultado (trabaja con relaciones de significado y no de causa-efecto), puesto que emplea un lenguaje connotativo de base geometeorológica. La tarea del astrólogo no consiste en adivinar, sino más bien en descubrir (véase el Informe Shawn Carlson, Nature, 5 de diciembre de 1985, que es, lamentablemente, muy aleccionador). Si lo que está arriba es como lo que está abajo (Hermes Trimegisto), después de mirar el cielo, no olvides mirar dentro de ti, puesto que los astros (esferas celestes: fuerzas vivas) son como los arquetipos (formas universales e innatas). Telescopio y lupa: viaje de ida y vuelta (movimiento oscilatorio). La introspección es la asignatura pendiente del astrólogo: solve et coagula.

3. La Astrología debe buscar el apoyo complementario (diálogo abierto) de la Genética (los transposones -genes móviles-, que remodelan continuamente el genoma, o la Epigenética son excelentes ejemplos para refutar el determinismo) y de la Psicología humanista y transpersonal (la Psicoastrología, por ejemplo, está ya muy extendida). Conectar individuo y cosmos: ésta es la tesis de Richard Tarnas; pero -y apuntamos nosotros- sin olvidar el entorno, la sociedad. De ahí que la Astrología deba buscar, también, el apoyo complementario de la Sociología (recordemos que, en sus orígenes, la Astrología tenía una clara vocación colectiva: recuperemos, pues, la mirada de Oriente: China e India). En muy pocas palabras: evitar el victimismo y abrirse a la interdisciplinariedad, para alcanzar así la mayoría de edad.

4. Psicológicamente, el astrólogo posee mentalidad de jugador: le gusta apostar, le encanta el riesgo. Y hasta presume de sus aciertos, como el jugador de sus ganancias. Pero debe evitar a toda costa la megalomanía: el astrólogo realiza pronósticos que justifica con arreglo a unos patrones racionalizables (la ebriedad de futuro, por tanto, quedará excluida); el astrólogo debe distinguirse del adivino (quien no supera el plano de la subjetividad: el futuro es mío) y ganarse, de este modo, la merecida consideración social. La carta astral es lo que sale a la luz, lo que se ve, conque no cabe hablar de esoterismo, sino de exoterismo. No se trata ya de creer o no en la Astrología (es un saber que funciona), sino de dotar a ésta del mayor rigor posible, de limitar su alcance (huyamos de la quimera). El astrólogo llega a la Forma, a la Idea (circunferencia); pero no al objeto concreto (aro, pulsera, anillo o corona). “Podría [potencial simple] afinar más -dice-, pero...”. Y ésta es la frase (si tuviera A, entonces obtendría B) que marca la línea de separación entre el pronóstico (sutileza razonable), por un lado, y la predicción (juego-tentación-apuesta-superstición), por otro lado. Cuanto más se concreta, más se rebaja, más se degrada (el ojo del astrólogo es hipermétrope). Es la predicción la que le hace caer en la trampa (meter con calzador, decir verdades a medias). El mejor pronóstico, sin dudas, lo realiza el inconsciente cuando, sabiendo lo que necesitas, se anticipa y decide por ti (el Rey interior). Las cosas ocurren antes en el inconsciente que en la conciencia.

5. A través de los ciclos celestes, la Astrología liga al individuo con el universo, utilizando un pensamiento integral y en red (paradigma holístico, sintagmático), basado en la intuición, más que en el concepto. Filosóficamente, pues, el astrólogo es agnóstico, escéptico o ateo: no necesita a Dios para dar cuenta de la vida: el cielo, para él, ya está suficientemente poblado de sentido: planetas (inclinaciones), signos (temperamentos) y casas (áreas de actuación) forman la trinidad astrológica (estructura politeísta). Lo que no quiere decir que, en el ámbito privado, no pueda tener sus creencias. Ahora bien, la Astrología no puede ser una profesión de fe: debe procurar un conocimiento fiable. Y, precisamente, por utilizar un modelo holístico, orgánico (como la acupuntura, el taichí, el ayurveda o la Gestalt), el astrólogo debe mantener la congruencia y rechazar las interferencias: en definitiva, evitar pensar como un occidental (monocausalismo excluyente, dualismo psicofísico, lógica binaria, análisis y especialización...). Recordemos que los signos zodiacales son tipos psicosomáticos, y que los contenidos morales (bueno-malo) los añade cada individuo, no la Astrología.

6. Es el instante el que marca la diferencia (crea nuevas combinaciones). Por pequeña que sea, cada fracción de tiempo, al ser creadora, goza de pleno sentido. Así, pues, la carta natal (debidamente ajustada) dignifica al individuo, puesto que le otorga un lugar (una posición) en la Tierra y también, una orientación (impresiones fundacionales y momentos propicios). Por lo tanto, la Astrología debe tener en consideración el entorno, la sociedad. La carta natal, además, nos remite, por repetición de ciclos, a la memoria cósmica (es el propio movimiento el que crea la memoria, como recurso de máxima economía). Y más allá, nos encontramos con “la alegría del eterno retorno”, que diría Nietzsche. Pero ¿acaso hablamos de un universo inteligente? En cualquier caso, ha dispuesto de tiempo suficiente para aprender: la Tierra, por ejemplo, tiene una edad aproximada de 5.000 millones de años.

7. El pretendido estatus científico de la Astrología nace de la capacidad de precisar el qué y el cuándo. Cuando, en realidad, sería más interesante y fructífero precisar el cómo. Y ese cómo depende de los recursos que dispongamos. De hecho, es más sensato intentar cambiar el curso de nuestras conciencias que el curso de los astros. Reflexionemos: en el momento en que transfiero carga simbólica a un objeto, ese objeto comienza a ejercer influencia sobre mí (animismo). Y si, de verdad, me influye es porque hay sintonía. El hombre necesita comunicarse, no sólo con los hombres (y demás seres vivos), sino también con los objetos (valor arquetípico de los planetas), y lo hace de un modo prospectivo. Todas las cosas están; pero sólo son cuando las hacemos conscientes: hay que labrarse el porvenir: la libertad, en función del grado de conciencia. ¡La de vueltas que da la vida! Más que lo que diga la carta natal, lo que importa es lo que hago con lo que me dice la carta natal. Ya, por último, y recordando a Robert K. Merton y su “alquimia moral”, afirmaremos que el pronóstico comunicado al consultante es, por ese mismo motivo, más probable que se cumpla que si no se le hubiera comunicado.

CONCLUSIÓN

Y ahora, tras haber definido conceptos y haber fijado límites al conocimiento de manera sucinta, a pie de obra, yendo y viniendo y abriendo puertas, recapitulemos:

-El astrólogo ha de superar el victimismo y la megalomanía (conceptos complementarios): minoría de edad. Para crecer interiormente, el astrólogo debe aprender a controlar la respiración (el pranayama): ha de ponerse en hora: reloj, analógico (de esfera) y no digital (precisión milimétrica). El giro copernicano: del egocentrismo al epistemocentrismo: dejar de mirarse el ombligo para mirar el ombligo de la Luna.

-El astrólogo tiene que separarse del adivino y buscar el exoterismo. No es imprescindible la gracia; con tal que el astrólogo posea suficiente conocimiento y experiencia, basta. Hay que pisar tierra, sobre todo, porque falta una autoridad competente que reglamente la capacitación del astrólogo. Pronosticar para conocer y conocer para prevenir: éste es el lema. Por tanto, la oposición entre Astrología psicológica y Astrología predictiva resulta ya anacrónica.

-Hemos de distinguir entre pro-nóstico (prognosis: conocimiento anticipado) y pre-dicción, es decir, diferenciar entre lo que “será” y lo que “podría ser”. Es una cuestión de responsabilidad (no generar expectativas informes: no hacer literatura barata). Y la estadística, por sí misma, no aporta el rigor necesario.

-La Astrología debe salir de su aislamiento, puesto que ésta no es patrimonio exclusivo de los astrólogos, y alcanzar la mayoría de edad, abriéndose a la interdisciplinariedad (Psicoastrología, Ecoastrología, Grafoastrología...). Actitud: más que poseer el conocimiento, participamos del conocimiento.

CASO PRÁCTICO

El hombre, como sucesión polimorfa de ciclos, está sincronizado con los ciclos del sistema planetario, que es su verdadero clan temporal (dinamismo arquetípico). Quedan, pues, excluidos del pronóstico astrológico: a) los sucesos aleatorios, ya que no están sometidos a periodos o ciclos; b) las cifras, porque no son cíclicas (siguen un orden lineal) y, además, son signos concretos; y c) los objetos concretos, puesto que la Astrología trabaja con arquetipos (formas) y no con objetos concretos. De este modo, al llegar, por ejemplo, a “extranjero” (un hiperónimo), ya no podremos concretar la raza, la lengua, las creencias, el sexo... En definitiva -y valga como norma gastrológica-: no busques en los platos de los comensales los ingredientes que no había en la cazuela. Por otra parte, que un suceso sea cíclico no significa que se repita exactamente igual ni que ocurra necesariamente cuando le corresponde (hay anticipos y demoras).

El pronóstico (de progignosko), conocer, saber de antemano, debe ser factible (que pueda cumplirse), coherente (con la etapa de la vida) y ajustado (a la situación concreta). No olvidemos que todo pronóstico empieza con la necesaria pregunta del astrólogo al consultante: “¿Fecha, hora y lugar de nacimiento?”. Pregunta que enlaza, de forma inevitable, el tiempo (Sol, Luna...) con el espacio (paralelos y meridianos).

Veamos, ahora, un ejemplo claro y concreto:

Varón de 41 años en su Revolución Solar de 1999

Se trata de un consultante casado, varón, de 41 años.

En esa revolución solar (1999), Saturno se situó sobre la casa VII natal, formando una gran cruz con la Luna, Júpiter y Venus radicales; asimismo el ascendente de la revolución recayó sobre la casa XII, y Venus (su regente) se hallaba en mal estado, mientras que Saturno, ocupando también la casa VII de la revolución, se oponía a Marte.

Saturno, en casa VII: crisis de pareja; fuertes desavenencias con un socio; disgustos con sobrinos; fracaso por las ventas de un libro (o similar); problemas por la actuación de la autoridad (laboral, política, parental...); desgracias relacionadas con un abuelo, etcétera.

Saturno, en cuadratura a la Luna: tristeza y depresión de ánimo; perjuicio para la salud; perjuicio para la madre y/o esposa; pérdida de una casa o mudanza a lugar peor; tristeza en el hogar; reparaciones obligatorias en el domicilio, etcétera.

Saturno, en cuadratura a Venus: impide goces y alegrías; inclina a la misoginia; impide el disfrute de la creación artística; un anciano familiar obstaculiza el goce; enfermedad venérea, de los riñones o de la garganta, etcétera.

Saturno, opuesto a Júpiter: pesimismo; menos generoso y más huraño; pérdida de popularidad; malos resultados en acciones legales, etcétera.

A la vista, pues, de dichos indicadores, emitimos el siguiente pronóstico para el año:

1. Como fondo, el nativo acusará pesimismo y soledad.

2. Problemas de salud para la madre, para la pareja o para él mismo.

3. Profunda crisis con un socio y/o con la pareja, pudiendo llegar hasta la ruptura de la relación.

4. Empeoramiento de las condiciones de vida en el hogar.

5. Cambios en los hábitos más íntimos.

Como acabamos de comprobar, el pronóstico no consiste en desplegar el catálogo de posibilidades y apostar, con la intención de llegar lo más lejos posible, sino en seleccionar sólo lo que resulta más fiable. De este modo, y tomando como ejemplo el punto 2, no correremos el riesgo de concretar ni la clase de enfermedad ni quién de los citados miembros de la familia será el más proclive a enfermar, dado que sería caer en la pura especulación.

De la misma manera, y por idéntico motivo, en el punto 3, tampoco podremos aventurarnos a afirmar rotundamente que se producirá el divorcio y/o la ruptura con el socio.

A lo largo de este recorrido, nos hemos encontrado, pues, con dos clases de límites: los propios de la Astrología como disciplina y los peculiares de cada carta astral.

Limitar el alcance de la Astrología -resuenan los ecos de Kant- supone limitar el poder del astrólogo, cosa que, como es obvio, no agrada a ningún astrólogo; aunque, eso sí, le concede rigor epistemológico. La decisión está servida.

Luis Sánchez / Del 23 de julio al 18 de octubre de 2009
www.luissanchez.eu

Mi agradecimiento a Adela Ferrer, por su enorme paciencia.

i el temps és el misteri que conté
el germen viu de totes les cadències.
Amb sang els compto
, MIQUEL MARTÍ I POL

...sólo es posible acertar con el porvenir
si tratamos de descubrir las leyes del pasado.

Sobre héroes y tumbas, ERNESTO SÁBATO

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