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MITOLOGÍA DE HERMES-MERCURIO En la mítica región de Arcadia, evocada por poetas y narradores desde tiempos inmemoriales como escenario idóneo para el desarrollo de una vida bucólica y apacible, nació el dios Hermes. El hermoso lugar estaba considerado, además, como el sitio ideal para que todas las leyendas acerca de lo pastoril, y el encanto de lo rústico, tuvieran allí su perfecto acomodo. Aunque el suceso que más repercusión tuvo acaecía, precisamente, cuando los dorados rayos del sol dejaban que las sombras de la noche se adueñaran de campos y valles. Era entonces, mientras el sueño envolvía a Hera, "la de los níveos brazos", tal y como la llamaba el gran narrador Homero, cuando su esposo Zeus acudía presuroso a encontrarse con la ninfa Maya. Hermes fue la consecuencia directa de las escapadas de Zeus y, al poco tiempo de nacer, ya se le conocían ciertas dotes que ni siquiera una persona adulta podría llevar a cabo. De hecho, no faltan estudiosos de la mitología que interpretan la excesiva sagacidad y astucia del dios siempre en relación de causa efecto, por así decirlo, con los diversos avatares que tuvo que realizar el poderoso amo del Olimpo para, volar hacia la oscura gruta de la ninfa Maya y saciarse de su hermosura y belleza, al amparo de las sombras de la noche. En resumidas cuentas, que puede decirse que Hermes tuvo un buen maestro, nada más y nada menos que a su poderoso padre, en el arte de urdir tramas y resolver imposibles. Pero además el Himno a Hermes, aparte de ofrecer un humorístico relato del nacimiento del hijo de Zeus y la hija del titán Atlas, Maya, explica que el bebé nació al alba y a mediodía ya había inventado la lira y aprendido a tocarla. Después casualmente se encontró una piel de tortuga y con ella creó la primera cítara, para luego ejecutar un himno erótico en honor de sus padres. Y por si esto no fuera poco, también ese mismo día, pero por la noche, realizó un osado robo que muy bien pudiera valerle el título de patrono, o rey, de los cuatreros. Desde los primitivos emplazamientos en el Paleolítico se asociaron
algunas divinidades a los caminos y rutas y a la protección y ayuda
de los caminantes. La mitología griega identifica a Hermes con
esa función de dios de los caminos. Hermes fue hijo de Zeus y Maya
que lo dio a luz en una cueva del monte Cilene en la Arcadia. Fue tan
precoz y resuelto que nada más al nacer arrebató a Eros
su carcaj, el tridente a Posidón, el ceñidor a Afrodita
y el cetro a Zeus, lo que le valió la expulsión del Olimpo
y su destierro a Tesalia. No hay que confundirlo con el llamado Hermes
Trimegisto, falsificación filosófica y disfraz del Tot egipcio,
a quien se atribuye el origen de toda ciencia y que es, al mismo tiempo,
una imagen de la necromancia y un maestro del esoterismo, la astrología,
la alquimia y demás conocimientos “herméticos”.
Desde su nacimiento se le hizo intervenir en numerosos episodios mitológicos. El primero fue el enfrentamiento con su hermano Apolo en Tesalia, donde le robó parte de su ganado. El incidente terminó con la devolución de las bestias por medio de un intercambio: Hermes había fabricado una lira (con la concha de una tortuga y los intestinos de los bueyes), instrumento que atrajo la atención de Apolo que solicitó el cambio. Un poco más tarde Hermes inventó la siringa o flauta de Pan (propia de los pastores), solicitando de nuevo Apolo el instrumento. Hermes se lo regaló a cambio de iniciarse en el mundo de la adivinación, por lo que se le entregó la vara o caduceo. Zeus lo convirtió en su heraldo personal poniéndolo al servicio de los dioses infernales Hades y Perséfone. Para ejercer este oficio se le dotó de las sandalias y el sombrero alados. Este último tenía la particularidad de hacer invisible al que lo llevase. En la Ilíada acompaña a Príamo en su jornada nocturna hasta la tienda de Aquiles, tratando de recobrar el cadáver de Héctor; en la Odisea, Hermes proporciona al héroe una planta mágica y lo instruye sobre la manera de usarla para resguardarse contra los accidentes del viaje. Además de la protección dada a Príamo y a Odiseo, auxilia a Perseo en sus portentosas hazañas, proporcionándole el filoso acero (hárpee) con que ha de vencer a la Gorgona, y las aladas sandalias que han de permitir al héroe revolotear por los aires. Hermes se encargó de vender a Héracles como esclavo, para ponerlo a los pies de reina Onfale, y de amarrar a Ixión en su rueda, y no fue ajeno al encadenamiento de Prometeo en el Cáucaso. Condujo a las tres diosas rivales hasta la cabaña en que había de juzgarlas Paris. Logró rescatar el germen de Dióniso cuando el incendio que consumió a Semele y a su palacio. Libertó a Ares del jarro de bronce en que los gigantescos Aloades lo tenían maniatado y preso. Socorrió al mismo Zeus cuando Tifeo lo tenía cautivo y desjarretado. Especial significado tiene la participación de Hermes en la muerte de Argos, el pastor de los cien ojos, a quien Hera había confiado la vigilancia de Io, la vaca sagrada de la que estaba celosa. Zeus mandó a Hermes para que liberase a su joven amante metamorfoseada en vaca. Para ello, según unos consiguió dormir los ojos de Argos tocando la flauta de Pan, y para otros rozando su cabeza con el caduceo. En cualquier caso, acabó matándolo y Hera, compadecida de su fiel servidor, trasladó sus ojos al animal que le estaba consagrado, el pavo, surgiendo así el pavo real. Pero su servicio de conductor de viajeros no se limita a los asuntos terrenos. Hermes va y viene entre cielo y tierra, puesto que conoce todos los caminos como la palma de su mano y gusta de conducir a los hombres, ni en la muerte los abandona: es el Psicopompo, el que cuida de llevar las almas hasta su mansión ultraterrestre. Como todos los dioses, tuvo muchas aventuras amorosas: aficionado a las ninfas una le dio a Sísifo, otra a Pan, daimón mitad hombre y mitad animal, con expresión fiera y miembros inferiores como los de un macho cabrío, perseguidor de ninfas y efebos y capaz de producir pánico en los viajeros y que en el mundo romano se le asoció con Fauno y Silvano. Y otra al pastor siciliano Dafnis, aquel a quien su enamorada arrancó los ojos. Se le atribuyen relaciones con Apemosine, heroína hermana de Altemenes, el cual la mató de una patada por no haber creído que su seductor fuera el dios Hermes. De las tres hijas de Cécrope, por lo menos Herse se le entregó. Se le atribuyen amores ocasionales con Ártemis, Hécate y Brimo y, nada menos, que con Afrodita con quien tuvo a Príapo, el de la exhuberancia fálica, y al bisexual Hermafrodito.
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